A su vez, más del 80% se siente potencial objetivo de delincuentes y el 40% teme ser asaltado en su propia casa.
De a poco los argentinos parecen observar al otro como una amenaza potencial a su seguridad. Irrupciones violentas que se repiten en comercios y hogares, asesinatos que conmocionan a localidades enteras y el narcotráfico instalándose en la vida cotidiana generan un clima de temor colectivo. Ocho de cada diez personas tienen miedo de ser víctimas de un delito y casi el 30% dice haber sido víctima de la delincuencia durante 2011.
La llamada sensación de inseguridad es medida por encuestas y sostenida por la realidad. El sondeo realizado por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina determinó, además, que esa inquietud de la sociedad se alimenta de situaciones concretas, con una cantidad cada vez mayor de personas que sufrieron robos.
Si bien esa sensación de inseguridad evidenció una pequeña disminución entre las mediciones de 2010 y 2011, es visible el incremento entre el 72,5 por ciento señalado en la encuesta de la UCA de 2007 y el 82,2 por ciento que marcan las cifras de la última encuesta. La muestra representa la situación en la región metropolitana y en 17 ciudades importantes del país, a partir de los datos obtenidos en 5712 hogares.
“El problema de la inseguridad se agrava a pesar de las mejoras económicas experimentadas en los últimos años”, se analizó en el documento de la Encuesta de la Deuda Social Argentina de la UCA.
Más allá de la consolidada idea de que todos están en potencial riesgo con el delito, los hechos concretos que afectaron directamente a las personas siguen con una tendencia ascendente. Del 24,6 por ciento que informó en 2007 haber sido víctima de malhechores se pasó al 29,3 por ciento en 2011.
Queda en claro que el delito no parece estar en una etapa de repliegue, ya que los datos obtenidos por el sondeo de 2011 se refieren sólo a los sucesos ocurridos en los seis meses anteriores a la entrevista y, en consecuencia, no tienen relación con los eventos apuntados en anteriores encuestas.
La percepción de peligro empezó también a hacerse notar dentro de los hogares. Ya no sólo se manifestó el temor a ser asaltado en las calles o durante el tránsito por zonas inseguras, sino que en cuatro de cada diez hogares existe el miedo a recibir un ataque de delincuentes en la propia vivienda. La encuesta se realizó antes de que surgiese la actual moda de las “entraderas” en casas y departamentos, en especial en el área metropolitana.
Ese miedo a ser atracado en la vivienda crece entre los sectores de menor poder adquisitivo. Así se detalló que esa desconfianza sobre la seguridad personal en el entorno más cercano alcanza el 55,5 por ciento en hogares de villas o asentamientos precarios, desciende al 47,8 por ciento en viviendas de nivel socioeconómico bajo y se ubica en el 35,1 por ciento en los niveles medios, el sector que en estas últimas semanas fue golpeado por las llamadas entraderas.
“A pesar de que los sectores más carenciados son los que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad real o sustantiva frente a la delincuencia, ya que la mayoría de las veces la sufren en su ámbito residencial, son los de la escala socieconómica más alta, los que tienen estudios secundarios completos y habitantes de zonas con trazado urbano los que continúan registrando una mayor tasa de delito”, se indicó en el análisis de la UCA.
También queda en evidencia el incremento de circulación de las drogas en las calles argentinas, tanto en la región metropolitana como en las ciudades del interior. En el 36% de los hogares encuestados se apuntó a problemas de inseguridad como consecuencia de los puntos de venta o distribución del narcotráfico instalados en los barrios. Esa situación de conflictividad aumenta a medida que baja la condición socieconómica de las familias entrevistadas.
En el 64,2 por ciento de los hogares visitados en villas de emergencia se informó de la presencia cercana de vendedores de droga. Esa vínculo de vecindad con los traficantes es señalado como un factor de alteración de la vida cotidiana. El porcentaje en ese rubro descendió al 45,9 por ciento cuando se analizaron viviendas de clase baja pero instaladas en zonas urbanizadas. Sólo el 21,8 por ciento de las familias de nivel socioeconómico medio dijeron conocer la actividad de vendedores de drogas en sus barrios.
Además pudo comprobarse que en las áreas marcadas como de tráfico de estupefacientes aumentaba el nivel de personas que experimentaron algún delito en relación con zonas sin puestos de ventas de drogas.
En los hogares de ingresos económicos medios se verificó esa diferencia, ya que del 30,9 por ciento afectado por el delito en barrios en los que no operan los traficantes de drogas se pasó al 38 por ciento en las viviendas cercanas a puestos de venta de estupefacientes.
Cuando se trata de percepciones, en cambio, no hay mayores diferencias al analizar diferentes franjas etarias, niveles económicos o sexo. El miedo al delito afecta a todos por igual. Una sensación que se alimenta de hechos concretos, vividos de cerca por las familias.
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