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22 febrero 17

¿Y si no hay justicia? ¡Meta melón, nomás!

08 noviembre 2009

En el análisis semanal que diario local El Independiente nos entrega los domingos, he leído una frase que me llamó la atención tanto por su fuerza como por su inconsistencia en la realidad. Algo así como que “la comunidad riojana clama justicia”. Bueno… Eso no es cierto. De ninguna manera. En cualquier plano en el que se quiera ubicar esta afirmación, podrá ser rápida y efectivamente refutada.

Por Alejandro Delgado [elcuradelgado@gmail.com]

Los riojanos nunca hemos vengado las ignominias a las que fuimos sometidos. Básicamente, por la cobardía que encierra la supina indiferencia con la que asumimos nuestra historia. Como si fuese ajena, o lejana en el pasado, o imposible en el futuro.

Allí están los cadáveres de Quiroga y El Chacho (uno en Buenos Aires y otro desaparecido) -y con ellos “rotas y desangradas, las ánimas en pena de hombres y de caballos”, como escribió Borges- sin reivindicación popular alguna, o no en el sentido de haber fijado y sostenido en el tiempo y sin renuncias una posición provincial (no sólo gubernamental) justa y valiente ante un unitarismo tan actual como atenuado por imprescindibles disfraces.

Nunca fuimos capaces de hacernos cargo de semejante legado federalista, y apenas apagado el incendio provocado por nuestros caudillos nos dedicamos con denuedo a agradar al puerto para recibir sus migajas. Nada menos que eso.

Paréntesis…

Ni siquiera en el aspecto formal hemos hecho un esfuerzo por el desagravio. Pongamos como ejemplo sólo el dato de que ni el 25 de febrero ni el 12 de noviembre son feriados provinciales, ni fechas que parezcan merecer la mejor pompa oficial o la más cálida convocatoria popular. Nada más que eso.

Cierre del paréntesis…

Más acá en el tiempo, propongo repasar la soledad de las Madres de Plaza de Mayo riojanas, y de sus pocos y fieles acompañantes. O la escasez de mayorías involucradas en los planteos de memoria por cada 24 de marzo.

En este punto, creo que sólo la figura de Angelelli (el 4 de agosto tampoco es feriado provincial) sigue convocando a una muchedumbre ciertamente digna en número y propósito. Porque la demanda de justicia por su muerte no prescribe, y también porque se honra a un hombre que fue lo que debimos ser, en la Ciudad de Todos los Santos y en el interior desangrado.

De todos modos, estos momentos no encuentran en nosotros, la mayoritaria riojanidad, resonancia suficiente para convertirse en disparadores de conciencia y activismo sociales. Y eso que sirven -y mucho- para reconocernos como comunidad damnificada constantemente por poderes magníficos y malignos, y deberían acrecentar nuestra sed de revancha, para proponernos, por un lado, ser una comunidad organizada por el trabajo, la dignidad y la justicia, y por el otro, una comunidad fortalecida por un irrenunciable ejercicio de ciudadanía que impida a esos poderes volver a manifestarse.

No. Como si todo eso le hubiese pasado a otros, tan desconocidos, tan desaparecidos.

Acometiendo la actualidad -años más, años menos- el Mirador Político del domingo del 1° de noviembre -casualmente, onomástico de la ciudad- enumera una serie de crímenes sin investigación, ni juicio, ni condena o absolución, que considera factores propiciatorios de un clamor social por la justicia que, a todas luces, no se ve.

Abunda la soledad de los reclamantes también en esos casos sin esclarecimiento. Y hasta se percibe cierta irregularidad en el propio reclamo, en algunas de estas querellas que por tanto se alivianan, pierden peso, vigencia, mediatización, consideración popular (la poca que se pudo conducir hacia estas situaciones particulares, cuando el morbo por los detalles de los crímenes y por la posibilidad de reconocidos personajes involucrados aún nos distraía de lo de siempre: el anuncio del pago de sueldos).

Situaciones particulares, dije por ahí. Y de eso se trata. De ponderar estos hechos no como un estado de cosas que, sin ser general, debieran promover algún acompañamiento, alguna solidaridad, algún compromiso, sino como un caso policial aislado al universo familiar y de relaciones íntimas de los afectados, que no requiere que participemos de ningún modo.

Pero no quedemos presos de los ámbitos policiales. Vamos a otros espacios en los que vale, o señalar más indiferencia, o interpretar que no vemos injusticia en esos actos. Propongo sólo dos: la cuestión minera, y la construcción de Ramírez, Juárez, Herrera o como se llame, en lo que fue -sí, fue- la Escuela Normal.

Es dificilísimo colegir cuál es el pensamiento de la comunidad riojana respecto de estos dos asuntos. Pero me inclinaría por la no percepción social de una injusticia tanto en el avance del plan minero provincial como en la edificación de ese paseo cultural en el centenario edificio del centro de la ciudad.

Como sea, no habrá más que una veintena y un centenar, quizás, respectivamente, manifestando públicamente su contrariedad por estos dos proyectos, hasta su terminación. Durante y después, sólo les “devolverán silencio”, Gatica dixit.

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