Incendios, tormentas y sequías marcaron la semana. El planeta sufre las consecuencias de nuestra presencia y la situación afecta la vida cotidiana. La responsabilidad del Estado y nuestro rol como ciudadanos. La mirada optimista viene de la mano de los jóvenes. Por Mattías Meragelman.
Hay datos que son indiscutibles: según el “Sistema de Información sobre Sequías para el Sur de Sudamérica” el 60% del país sufre hoy efectos de la sequía, julio de 2021 tuvo las temperaturas más altas de la historia del planeta y la revista médica “Lancet” precisa que en los últimos 20 años aumentó un 53,7% la mortalidad asociada a las olas de calor en las personas mayores de 65 años.
Pero quizás esos elementos resulten lejanos y debamos pensar en La Rioja.
Esta semana el ministro de Energía, Adolfo Scaglioni, informó que en Malanzán se secó un río que nunca lo había hecho o podemos puntualizar en la caída de un árbol en plena tormenta y que casi le quita la vida a una motociclista en el centro de la ciudad Capital. Y la columna de humo a la cual nos expuso el incendio en la zona de “Juan Caro”, mientras que el Servicio Meteorológico nacional publicó que en la zona Sur de la Provincia llovieron casi 200 milímetros menos que en el mismo periodo del año pasado o las altísimas temperaturas de noviembre que nos expusieron a muchas horas de encierro por la imposibilidad de salir a la calle en ciertos horarios.
En ese sentido, hay un agravante: los equipos técnicos del Ministerio de Agua y Energía ya advirtieron que el fenómeno de “La Niña” se profundizará en los próximos meses y que debemos pensar en una sequía mayor.
No hay dudas que hay una responsabilidad directa del Estado en todo este proceso. Y esa responsabilidad/obligación se vincula con intervenir mediante políticas a largo plazo, pero también con prevenir de manera urgente en algunos problemas que dirán presente en las venideras hojas del almanaque.
No es muy difícil imaginar que en los próximos meses de verano en la ciudad Capital tendremos dos o tres tormentas de una intensidad mayor a la habitual, como ocurre en cada periodo estival. Entonces árboles de gran porte que no son podados hace años, la obra de remodelación del centro de la ciudad o los desagües de la Avenida 1 de marzo, ya deberían estar en la agenda prioritaria de los Gobiernos provincial y municipal para prevenir problemas.
A eso se debe sumar, la urgencia de avanzar con políticas punitivas severas y concretas hacia l@s ciudadan@s que con su conducta están afectando el Ambiente de manera directa. ¿Cuánta gente fue sancionada por derrochar agua regando el asfalto? ¿Cuánt@s procesad@s existen en la Justicia riojana por los incendios que quemaron miles de hectáreas en los últimos años en diferentes zonas de la Provincia?
Tampoco se puede dejar de mencionar el impacto de las naciones desarrolladas de Europa o Estados Unidos, muchas de las cuales no firmaron los tratados internacionales ambientales. Y, además, de la mano de la guerra entre Ucrania y Rusia, están dando enormes pasos hacia atrás en la composición de su matriz energética.
En ese mismo sentido, en nuestro país el siempre postergado debate sobre la “Ley de humedales” es otro elemento que se debe tener en cuenta al momento de pensar cómo vamos a preservar nuestro propio espacio vital.
Y aquí aparecemos nosotr@s como ciudadan@s.
En La Rioja se siguen regando las calles asfaltadas, miles de riojan@s creen que quemar un predio es la mejor manera de limpiarlo o simplemente prendemos el aire acondicionado varias horas antes de ingresar a un ambiente para garantizar que esté fresco al momento de usarlo. Ni hablar de nuestra apatía al momento de dejar luces prendidas en lugares que no lo necesitan, generando un consumo eléctrico claramente innecesario o de la cantidad de recursos sólidos urbanos que generamos (sin que reciban por parte del Estado el tratamiento que deberían).
Cualquier política pública tiene el límite de nuestro compromiso como habitantes de este planeta. Si no cambiamos, no habrá acción del Estado que solucione esta realidad.
De la mano de las nuevas generaciones quizás llega la única buena noticia en todo este tema.
Una gran parte de los jóvenes tienen otro vínculo con los seres vivientes del planeta y con el globo terráqueo en sí mismo. Fenómenos como el veganismo, el vegetarianismo, la decisión de comprar menos ropa o de no plancharla, el cuidado de los animales o el compostaje de los residuos, son vividos por much@s de ell@s como algo natural y de un compromiso diario que sorprende.
A lo mejor por allí estén las primeras señales positivas, porque la única posibilidad de un cambio profundo es que exista un nuevo orden social, en el cual el vínculo con los residuos, el consumo energético y el cuidado del Ambiente parta de un nuevo paradigma donde palabras como sustentable en el tiempo es central.
Puede parecer que este texto se aleja de aquellos que habitualmente son motivo de un comentario político sobre la realidad de la Provincia. Sin embargo, su contenido es el más político de todos, en el sentido mayúsculo de la palabra política.
Si no entendemos la necesidad de un cambio en las intervenciones públicas y ponemos el eje en el impacto ambiental que nuestra presencia en el planeta está teniendo, nuestra realidad estará condicionada de manera directa y desesperante.
Y aquí hay un punto que es clave entender: no estamos hablando de un futuro abstracto y lejano, estamos hablando del presente. De altísimas temperaturas que están determinando nuestro día a día y de condiciones de confort en nuestra vida cotidiana que están vinculadas de manera directa al uso de ciertas energías que no son sostenibles en el tiempo.
Solamente basta pensar en los últimos siete días: incendios, tormentas y sequías nos demuestran que el cambio climático no es un problema de las generaciones futuras, es una emergencia que nos está golpeando hoy.
El planeta dice S.O.S.
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