Lo que pasó el jueves por la noche nos puso frente al abismo. Depende de nosotros dar un paso hacia adelante o que sea un punto de inflexión, para poder desandar lo construido e intentar profundizar la democracia desde la diversidad.
Antes de leer este texto, les pido que se detengan un minuto a pensar dónde estaríamos socialmente si las balas hubieran salido, qué hubiera pasado si Cristina Fernández era asesinada.
El jueves por la noche con el intento de asesinato de la vicepresidenta Cristina Fernández llegamos a un límite. Nos ubicamos como sociedad en un punto donde un paso más y está el precipicio.
No llegamos a este lugar por casualidad o magia y no podemos ser poco profundos en la descripción del contexto socio/cultural en el cual ocurrió este magnicidio fallido, porque si no debatimos en serio lo que nos está pasando no podremos resolverlo.
Hemos construido durante las últimas décadas un discurso de odio que termina siendo el caldo de cultivo de cualquier sujet@ que no cuente con las herramientas para discernir diferencias políticas de odio.
Lo que pasó no fue un hecho aislado, porque si así fuera sería menos grave.
Acá hay una persona cuya conexión con la realidad y capacidad psíquica será motivo de múltiples estudios, pero que sin dudas vive en medio de un clima político de odio e intolerancia que fuimos construyendo a lo largo de estos años y que es el combustible que alimenta a personas como este sujeto. El contexto social y político no es la única causa, pero es un elemento para tener en cuenta.
Un debate profundo que nos aleje del abismo debería partir de asumir que lo ocurrido esta semana podría haber pasado antes y también con un dirigente de la oposición. Y como están las cosas, lamentablemente nadie puede garantizar que no vuelva a ocurrir.
L@s dirigent@s, los medios de comunicación y la sociedad en general construimos a lo largo de los años un imaginario colectivo en donde el otro político no es alguien que piensa diferente, sino un enemigo.
Y en esa construcción cada un@ tiene una responsabilidad diferente por el rol institucional que nos toca, pero tod@s somos responsables porque lo fuimos armando entre tod@s.
Hay una anécdota cotidiana que creo refleja lo que quiero expresar. Hemos normalizado la situación de romper amistades o distanciarnos de algun@s familiares por tener ideas políticas diferentes. Esa realidad que muchos vivimos, esconde un acto de una profunda intolerancia: no me junto con aquel que no piensa como yo.
La revolución tecnológica provocó que sea más sencillo conocer la forma de pensar de otras personas, y en lugar de que eso derive en un mundo más diverso y amplio, nos terminamos encerrando en círculos de ideas afines que solamente ratifican lo que ya pensamos previamente. Los algoritmos de las redes sociales que determinan solamente ver ciertos posteos, los replicamos en la vida cotidiana creando guetos en los que únicamente compartimos con l@s propi@s, distanciándonos de aquell@s que son diferentes.
Por nuestro rol institucional y social, la dirigencia política y los medios de comunicación tenemos sin dudas una responsabilidad mayor en la construcción de este magma de odio que circula desde hace décadas.
¿Poner en duda el atentado? ¿Analizar en este momento el impacto que tendrá electoralmente? ¿Lamentar que las balas no salieron? L@s dirigent@s o periodistas que en estos días realicen este tipo de planteos son cómplices y responsables de la exacerbación del clima de odio.
Los dos pasos hacia atrás que debemos dar para alejarnos del abismo, tienen un punto de partida: cambiar la convivencia con el otr@.
Mientras sigamos encerrad@s en solamente escuchar, leer o conversar con l@s que piensan como yo, el otr@ me va a seguir apareciendo como un enemigo y no como un adversario político. Fundamentalmente como un extrañ@ que me resulta incomprensible.
La grieta no es el problema. Somos diferentes, pensamos distinto, creemos en cosas diferentes y esa es la principal característica de un sistema democrático: convivir en una comunidad que tiene diferencias. El problema no es la grieta, es cómo convivimos con ella.
Este texto tiene un riesgo periodístico y es que está escrito desde el escozor, la tristeza y la preocupación que provocó el intento de asesinato de la Vicepresidenta. Escribir a las pocas horas de un suceso conmocionante quita la posibilidad de tener perspectiva y dimensión real de lo ocurrido.
Con esa salvedad temporal, arriesgo una afirmación: nuestro contrato democrático está en crisis y tenemos la urgencia de repensarlo. O logramos que lo ocurrido sea un punto de inflexión y construimos un nuevo vínculo de convivencia o caemos en el abismo.
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